Esta historia se desarrolla en el año de 1938, época en la cual en el Ecuador todavía regían las tendencias discriminatorias en contra de los indígenas.
Roberto el protagonista de esta historia era un niño indígena de 10 años, quien vivía en una pequeña choza en una hacienda ubicada en los páramos fríos de la comunidad de Tigua, una pequeña población muy olvidada que carecía de muchas comodidades como escuelas y hospitales, él vivía junto con sus padres y por supuesto no nos podemos olvidar de su pequeño gato y amigo llamado “minino”.
Sus padres eran los encargados de cuidar una hacienda y del cultivo de productos agrícolas, trabajo por el cual no recibían una remuneración acorde al gran trabajo que realizaban, lo único que recibían era la alimentación y la pequeña choza en la que vivían.
Roberto que a sus cortos 10 años de edad ya había sido víctima de todos los abusos, malos tratos y explotación de la época era un niño muy alegre, colaborador con las tareas del hogar y quien nunca permitió que las discriminaciones hacia sus padres y hacia él influyan en su carácter y le hagan sentir inferior a los demás, siempre tuvo claro que las personas no son mejores por sus riquezas ni por su color de piel, etnia o cultura; más bien el siempre se sintió orgulloso y muy contento de pertenecer a la etnia indígena.
Roberto era uno de los pocos niños indígenas que asistía a la única y pequeña escuela de la localidad, ya que en ese entonces era algo muy raro que un indígena asista a una escuela y pueda aprender a leer y escribir, y mucho menos que pueda llegar a tener una profesión, pero el siempre demostró toda su capacidad intelectual siendo un responsable e intachable estudiante.
Sin embargo Roberto siempre tuvo el sueño de llegar a ser un gran profesional y hombre de bien y así poder ayudar a salir adelante y liberar de todas las represiones a todos los miembros de su comunidad indígena.
Con el paso del tiempo y con la ayuda de su profesor de primaria el señor “Adrian” como él le decía, Roberto como recompensa a todo su esfuerzo y dedicación tuvo la oportunidad de viajar a Quito, en donde continuo sus estudios secundarios y universitarios en diferentes instituciones educativas estatales del Ecuador a pesar de que todo este proceso no fue nada fácil para él, ya que constantemente recibía discriminaciones por su origen indígena por parte de sus compañeros y profesores, nunca pensó en dejar a un lado sus proyectos de conseguir un mejor futuro y ser el ejemplo a seguir para las futuras generaciones de su cultura indígena.
Una vez que Roberto termino con sus estudios en la capital y después de haber conseguido un trabajo como jefe de uno de los departamentos de la Prefectura de Cotopaxi, regresó a su comunidad con el único propósito de cumplir con todos los proyectos que cuando niño soñó alcanzar y que con su aporte y con la colaboración de la Prefectura por fin iba a ser posible iniciar la construcción de centros educativos, centros de salud, deportivos y de recreación para mejorar la condición de vida de todos los habitantes de la comunidad.
Como no es mentira, hoy en día las leyes en el Ecuador han cambiado trascendentalmente y ya no es un mito que indígenas, afroamericanos, cholos, ocupen cargos importantes en el Gobierno, o sean parte de otras instituciones de renombre; actualmente todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos y tenemos el privilegio de gozar de todos los bienes y servicios públicos, por el simple hecho de ser ecuatorianos. Y como Roberto todos nos podemos dar cuenta de que si nos proponemos realizar proyectos en beneficio de la colectividad, con un poco de esfuerzo y dedicación podremos alcanzarlos sin esperar que alguien más los haga por nosotros.

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